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Mayo. 1970. Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Cinco jóvenes de distintas nacionalidades llegaron a migración. Un japonés, un palestino, un alemán, un libio y un venezolano. Presentaron sus pasaportes, se dirigieron a la banda para recoger sus maletas y salieron como aficionados que venían a apoyar a sus respectivas selecciones en el Mundial que se iba a desarrollar en el país.

Nadie sabía que esos cinco jóvenes que se hacían pasar como turistas tenían la intención de secuestrar a los jugadores de la selección de Israel que por primera vez participaba en un Mundial. El grupo lo encabezaba Carlos Ilich Ramírez “El Chacal”, un joven venezolano que con el tiempo se convertiría en uno de los terroristas más buscados en el mundo.

Ilich era un convencido militante del partido comunista venezolano con tintes narcisistas que justificaba sus causas terroristas con base en una “encomiable y extraordinaria lucha contra el imperialismo”. Ilich y el alemán Hansfriëd compraron boletos para ir a ver la inauguración del Mundial al Estadio Azteca entre México y la Unión Soviética. Además de ver el encuentro –dicen los que lo vivieron que fue “un cero a cero espantoso”-, se dieron cuenta de que podría ser muy arriesgado secuestrar a los jugadores israelíes.

Para sacar conclusiones, Ilich y sus colegas esperaron al partido entre Israel y Suecia que se jugaría en Toluca. “El Chacal” se hizo pasar por periodista. Al final del encuentro, que concluyó con empate a uno y Mordechai Spiegler anotó el primer gol en un Mundial para el conjunto israelí, se acercó a un Spiegler y lo entrevistó. Ramírez quería estudiar a la docena de comandos israelíes que vigilaban a los seleccionados.

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El jugador que entrevistó “El Chacal” quedó tan sorprendido con la destreza del pseudoperiodista que lo contactó con sus dirigentes federativos para que le dieran acceso al entrenamiento del día siguiente. Ilich asistió. Fue ahí que se dio cuenta de que secuestrar a los jugadores y tomarlos como rehenes sería demasiado arriesgado.

“Va a ser más fácil volar un estadio en la Copa del Mundo que secuestrar a los futbolistas, ya que hay al menos una docena de comandos israelíes vigilando a los futbolistas, y ese no es el principal problema, sino que tendríamos que matarlos a todos y perderíamos energía en la pelea para luego tomar como rehenes a los 31 judíos… y sólo somos cinco”, le dijo “El Chacal” a sus compañeros terroristas.

Todos se miraron a los ojos. Debían tomar una decisión. Confiaban en Ilich Ramírez, un chico de 21 años de edad que había pertenecido y comandado durante siete años al grupo de Juventudes Comunistas de Venezuela que estaba conformado por cerca de 200 militantes, y que había adquirido experiencia en la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos y en los campos de entrenamiento militar en Jordania.

El objetivo era la final del Mundial. Volar el Estadio Azteca para darle una muestra al mundo occidental del poderío destructor antiimperialista. El plan estaba hecho, pero había un problema: volar el Estadio Azteca iba atraer los ojos de todo el mundo y eso podría traer consecuencias muy graves, entre ellas el poner en riesgo su célula terrorista.

Foto: Wikimedia

“No se puede hacer aquí”, dijo “El Chacal”. “Esto tendría que ser en los Juegos Olímpicos de Munich donde en la Villa Olímpica no se permite la entrada a las fuerzas especiales de cada delegación de deportistas”.

El plan se truncó. Los cinco terroristas abortaron la misión y salieron del país. Dos años después, en los Juegos de Munich 1972, el grupo Septiembre Negro tomó como rehenes a nueve deportistas israelíes utilizando el plan inicial que había trazado “El Chacal” en el Mundial de México 1970. La estrategia no salió como ellos pensaban. Todos los rehenes murieron en el acto, además de cinco de los ocho terroristas que cometieron el ataque.

Tras los incidentes, el gobierno israelí ordenó capturar, vivos o muertos, a todos los integrantes de la célula Septiembre Negro. Todos murieron en el transcurso de la siguiente década, entre ellos el palestino Alí Hassan Salameh, quien había estado junto al Chacal dos años antes en el Estadio Azteca.

La madrugada del 15 de agosto de 1994, en Jartún, capital de Sudán, el cuerpo de inteligencia capturó al Chacal. “Una noche, después de hacerme una operación en la ingle, en una urbanización cercana al Nilo Azul, a las dos de la madrugada, entró un teniente de la guardia sudanesa histérico acompañado de un grupo de guardias armados llorando. Uno de ellos dijo: “Tenemos órdenes, comandante”.

“No sabían ni cómo maniatarme con esas tiras de plástico que les habían dado los franceses. Se lo expliqué yo. Aun así, hicieron una vaina mal hecha. Me pusieron una capucha y me llevaron al aeropuerto. Sacrifiqué la vida de familia. No pude criar a mis hijos, solamente a la más chiquita hasta los cinco o seis años. Fui un marido ausente la gran parte del tiempo. Lo lamento, pero es el precio a pagar”, diría Ilich Ramírez. De haber cometido la masacre, este grupo de terroristas encabezado por Ilich “El Chacal”, el Estadio Azteca no estaría cumpliendo 48 años de edad este 29 de mayo de 2014.

 

Esta historia bien podría ser ficción. No hay fuentes de información que documenten la entrevista del “Chacal” a Mordechai Spiegler. Tampoco en la biografía del terrorista existen elementos que confirmen este hecho, ni ninguno relacionado con este suceso, quizás no existen porque el plan no se llevó a cabo, de lo contrario estarían a la vista de todos. Hay pocos medios que se han hecho eco de esta historia, La Ciudad Deportiva y Martín Perarnau, pero si no es un hecho verídico, entonces es una de las historias de ficción más fantástica jamás escrita sobre el Estadio Azteca.

Vía: Juanfutbol

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