1. Consideras muy importante lo que hay en tu billetera

Tu billetera puede llegar a tener obesidad mórbida. Y no piensas en hacer nada por ayudarla. Y es que es obvio, ese ticket de carga de metro es un recuerdo, ese cupón de comida rápida que recortaste de un diario te puede sacar de un apuro; ese boleto de bus interprovincial te dice cuándo fue la última vez que saliste de la ciudad y también son buenos recuerdos. También están las tarjetas de gente que no te acuerdas dónde las conociste, pero puedes llegar a acordarte y necesitar el contacto, las infaltables boletas de los envases por los que dejaste plata en la botillería (y que nunca cobraste porque no recordabaas dónde estaba la boleta), pero todo es de vital importancia.

2. Pasas la ropa usada de la cama a la silla y viceversa

Uy, qué tarde. No voy a despertar a toda la casa a golpe de armarios. Y la ropa que estaba en la cama la pones en la silla. Y por la mañana viceversa. Y esos pantalones y camiseta viven en un perpetuo trajín que, seamos honestos, nos agiliza también la vida. Eso de abrir y cerrar cajones son segundos invaluables de tiempo, porque seguro que vamos un poco atrasados.

3. Y si hace falta te pones la misma ropa

Pero limpia. Ya es hora de que digamos que somos desordenados, pero eso no implica que somos sucios. Además, la vida no es de blanco y negro. De limpio y sucio. Hay graduaciones de suciedad y limpieza, que procedo a señalar a continuación: Está la ropa recién lavada, la que te pusiste por un rato, entonces está limpia, la que usaste ayer; ropa que está “un poco cochinita, pero es gris, café o negra y pasa piola”, y finalmente la ropa que está sucia. Ahora, los jeans son otra cosa. Y todo pega con jeans.

4. Tienes tesoros escondidos en lugares insospechados

¿Qué hay bajo estos papeles? Ah, sí, una carta de amor del verano pasado. ¿Y bajo la mochila? Ah, el Santo Grial, luego le echo un ojo. ¡Y aquí te tengo, DVD de graduación! Ese es el cajón de los lápices, medicamentos y recuerdos (porque todo es un recuerdo) y debajo de la cama, ni te imaginas lo que hay (que siempre va en la gama de ropa interior sucia, un par de platos, encendedores y, lo mejor, hay siempre algunas monedas que rodaron de tus bolsillos y salvan.

5. ¡Pero lo encuentras todo!

Y es que nada se escapa ni se pierde en el territorio de tu habitación. Aunque los demás no puedan entenderlo, en tu caos tú lo encuentras todo. El FBI y la policía secreta de la KGB son una alpargata vieja en tiempos de reacción si algo se mueve en tu pieza.

6. Tu mochila o bolso son un desastre (obviamente)

Tu bolso está lleno con los imprescindibles dos cargadores de celular, hay lápices, tus llaves, libros, accesorios necesarios para maquillarte o desodorante, gel, perfume y un bolso de recambio adentro, entre miles de otras cosas. Y en tu mochila del cole llevabas los zapatos de fútbol, aunque no fueras a jugar, un bocadillo de anteayer y las malditas hojas arrugadas de los profesores que trabajan con fotocopias. ¿Pero cómo se les ocurre trabajar a base de fotocopias? Es que son unos desordenados… ¡Así no hay quien pueda!

7. Tu idea del orden es hacer montones

El montón de los papeles, el montón de las camisetas, el montón de loza, el montón de basura, el montón de libros, el montón de música (CD’s, Cassettes viejos que no oyes, algunos vinilos, etc), el montón de fotos, etc. Un poco de respeto por mis cosas y pertenencias. Que yo no voy por tu impoluta habitación señalando tus asquerosos marcos de fotos criando polvo.

9. Aprendes refinamiento

Como cuando alguien iba a tu casa le ofrecías un pedacito de cama entre disculpas y ahora ostentas una cátedra en protocolo. Del clásico y embustero: “Disculpa que esto esté un poco desordenado”, ahora vas a los matrimonios y fiestas familiares y a las tías y amigas de tu mamá les sueltas: “un vestido hermoso, te queda regio”. Todo un galán o una embajadora. Suerte que somos desordenados. XD

A.M.B.REl Ciudadano

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